Creemos que ser una persona como corresponde es tener las cosas claras, saber dónde se va, qué se quiere y cómo manejarse en la vida para que todo salga bien. Pero no es cierto.

Todo en nuestra existencia señala en otra dirección. Estamos llenos de dudas, dificultades, vivimos experiencias que no sabemos bien adonde conducen, aparecen inicios que se truncan, hay desorientación, surgen opciones que valoramos pero se excluyen.

También aparecen, por suerte, algunas certezas, direcciones en las que avanzamos sin cuestionarnos, conclusiones que van surgiendo con el tiempo, definiciones incuestionables.

Y hay, básicamente y siempre, intensidad, en algún sentido, gozosa o sufriente, inevitable.

Ser persona es ser todo este conjunto de cosas, definiciones e indefiniciones, un saber que se mezcla con un constante no saber, un camino en el que tal vez «saber» no sea lo más valioso o lo sea solo por momentos, cuando ese saber se vuelve consistente.

Conclusión: en la medida en que aceptemos ser este despelote ambulante a veces ordenado y a veces no, y no pretendamos que deberíamos ser solo logro y claridad, paradójicamente todo lo que somos será más fluido y tendrá más capacidad de orden. Un orden raro, muchas veces no percibido, pero coherencia y elaboración de todas formas.